Beethoven, del Clasicismo al Romanticismo

Historia de la música · El Clasicismo · Nivel 3 · 16 min

Pocos compositores han cambiado tan profundamente la idea misma de lo que es un músico. Ludwig van Beethoven llegó a Viena como heredero de Haydn y Mozart; cuando murió, se había convertido en la imagen del artista romántico: un creador independiente, que lucha contra el destino y escribe para toda la humanidad y para la posteridad más que para agradar a un príncipe.

De Bonn a Viena

Beethoven nació en Bonn en diciembre de 1770, en una familia de músicos de la corte del príncipe elector de Colonia. Su padre, cantante aficionado a la bebida, soñaba con hacer de él un nuevo Mozart y lo obligaba con dureza a tocar el teclado. En 1792 el joven se marchó a Viena para estudiar con Haydn; nunca regresó. Allí se dio a conocer primero como pianista: un improvisador deslumbrante, de toque potente, que según se decía rompía las cuerdas de los pianos de la época.

La sordera

Hacia finales de la década de 1790 empezó a perder el oído. Para un músico era una catástrofe, que ocultó durante mucho tiempo. En octubre de 1802, en el pueblo de Heiligenstadt, escribió a sus hermanos una larga carta, nunca enviada y encontrada tras su muerte: el Testamento de Heiligenstadt. En ella confiesa que había pensado en quitarse la vida y que solo lo retuvo su arte, que quería llevar a término. Su sordera empeoró hasta ser casi total; en sus últimos años la gente se comunicaba con él por escrito, en «cuadernos de conversación».

Un compositor independiente

Beethoven nunca ocupó un puesto fijo al servicio de un príncipe. Vivía de sus publicaciones, de sus conciertos y del apoyo de aristócratas admiradores, que lo trataban casi como a un igual: en 1809, el archiduque Rodolfo y los príncipes Lobkowitz y Kinsky se comprometieron a pagarle una renta anual para que se quedara en Viena. Él se veía como un artista, no como un criado.

Las nueve sinfonías

Beethoven escribió «solo» nueve sinfonías (Haydn escribió más de cien), pero cada una es un mundo propio: más larga, más potente, más personal.

  • La Tercera, «Heroica» (1803–1804), de dimensiones inéditas. Según su alumno Ferdinand Ries, Beethoven había pensado dedicarla a Napoleón, pero tachó el nombre con furia al enterarse de que se había proclamado emperador.
  • La Quinta (1808), nacida por completo de un motivo de cuatro notas, que va de la oscuridad (Do menor) a la luz triunfal (Do mayor).
  • La Sexta, «Pastoral», estrenada en el mismo concierto, que evoca el campo: arroyo, cantos de pájaros, tormenta.
  • La Novena (1824), cuyo final incorpora solistas y un coro que canta la Oda a la alegría de Schiller. En el estreno, según se cuenta, hubo que girar a Beethoven, que ya no oía nada, hacia la sala para que viera al público aplaudir.

Este es el motivo que abre la Quinta Sinfonía: tres notas breves y una larga, con dos calderones (notas mantenidas tanto tiempo como quiera el director):

M:2/4
L:1/8
Q:1/2=100
K:Cm
z GGG | !fermata!E4 | z FFF | D4- | !fermata!D4 |]

Y el tema de la Oda a la alegría, adoptado como himno de la Unión Europea: una melodía deliberadamente sencilla, casi popular, que avanza por grados conjuntos y que cualquiera puede cantar.

M:4/4
L:1/4
Q:1/4=100
K:C
E E F G | G F E D | C C D E | E3/2 D/ D2 |
E E F G | G F E D | C C D E | D3/2 C/ C2 |]

El piano, un laboratorio de toda la vida

Sus treinta y dos sonatas para piano abarcan toda su carrera, desde las primeras sonatas todavía cercanas a Haydn hasta la gigantesca Hammerklavier y las últimas sonatas, íntimas y visionarias. A ellas se suman cinco conciertos para piano, un concierto para violín, dieciséis cuartetos de cuerda (los últimos, que muchos consideraron incomprensibles en su época, siguen fascinando), una sola ópera, Fidelio, y una gran misa, la Missa solemnis. La lección El período clásico del último capítulo aborda cómo tocar sus obras al piano.

Su vida creativa suele dividirse en tres períodos: un primero en la línea de Haydn y Mozart, un segundo «heroico» de grandes obras conquistadoras (desde 1802 aproximadamente) y un último más íntimo y experimental. Esta división es práctica pero esquemática.

El puente hacia el Romanticismo

Beethoven conservó las formas clásicas (sonata, sinfonía, cuarteto), pero las estiró, las sacudió, las cargó de emoción y de conflicto: contrastes violentos, acentos a contratiempo, desarrollos enormes, codas que se convierten en nuevos desarrollos. Murió en Viena el 26 de marzo de 1827; miles de personas siguieron su cortejo fúnebre, entre ellas Schubert. Para todos los compositores del siglo XIX sería a la vez un modelo y una sombra abrumadora.

Qué escuchar

  • Contrastes bruscos: pianissimo y luego fortissimo, acentos inesperados (sforzandi).
  • Un trabajo implacable sobre pequeños motivos que recorren toda una pieza.
  • Una sensación de lucha y de triunfo: del menor al mayor, finales resplandecientes.
  • En las obras tardías, una música meditativa, fugas, variaciones que parecen suspender el tiempo.

Escuchar

  • Las sinfonías n.º 3, 5, 6 y 9.
  • Las sonatas para piano «Patética», «Claro de luna» y «Appassionata».
  • El Concierto para piano n.º 5, «Emperador».
  • El Cuarteto de cuerda op. 131.

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